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Eclipses en el arte y la mitología

Antes de la ciencia, la explicación de un eclipse era un relato. Culturas sin ningún contacto entre sí llegaron a explicaciones sorprendentemente parecidas para un fenómeno que interrumpía el orden natural sin previo aviso: algo se estaba comiendo al Sol o a la Luna. Ese miedo compartido —y los rituales para conjurarlo— ha dejado huella en la mitología, la literatura y el arte de buena parte de las civilizaciones humanas. Este apartado recorre algunos de esos mitos, cómo se ha representado el eclipse en el arte y la literatura, y qué papel jugaba interpretarlo correctamente en las sociedades antiguas.

Mitos y leyendas sobre eclipses en distintas culturas

En la mitología nórdica, dos lobos gigantes, Sköll y Hati, persiguen sin descanso al Sol y a la Luna por el cielo. Un eclipse se interpretaba como el instante en que uno de los lobos lograba, por fin, alcanzar y morder a su presa; la profecía decía que solo en el Ragnarök, el fin del mundo, uno de los lobos conseguiría devorarla por completo. En China, la propia palabra para «eclipse», 日食 (rìshí), significa literalmente «comerse el Sol»: la creencia tradicional culpaba a un dragón celeste, y el remedio popular era hacer el mayor ruido posible —tambores, gongs, cacerolas, incluso flechas disparadas al cielo— para espantarlo y obligarlo a soltar su presa. La crónica china Zuo Zhuan, de hace más de 2.500 años, ya recoge este tipo de rituales durante un eclipse.

En Mesoamérica, los mayas —cuyos astrónomos llevaban registros de eclipses con notable precisión matemática, recogidos en tablas como las del Códice de Dresde— explicaban el fenómeno como un jaguar celeste devorando al Sol; los aztecas, por su parte, temían que durante un eclipse los tzitzimime, temibles deidades estelares, descendieran a devorar a la humanidad, y por eso las mujeres embarazadas y los niños se resguardaban en el interior de las casas. La precisión astronómica y el relato mítico convivían sin contradicción: predecir un eclipse no eliminaba el miedo a lo que se creía que representaba.

En la mitología hindú, la responsable es Rahu, un demonio decapitado por el dios Vishnú tras intentar robar el néctar de la inmortalidad. Su cabeza inmortal, furiosa, persigue y traga periódicamente al Sol o a la Luna como venganza, y el astro reaparece cuando se desliza por el cuello cercenado de Rahu, que ya no tiene cuerpo para retenerlo. Lo notable de este mito es que Rahu y Ketu —la cabeza y el cuerpo del demonio— se identifican en la astronomía hindú tradicional precisamente con los dos nodos de la órbita lunar, los puntos donde, como se explica en «¿Qué es un eclipse?», debe estar la Luna para que un eclipse sea posible: una civilización antigua había personificado, sin saberlo en términos modernos, la geometría exacta que hoy explica por qué no hay un eclipse cada mes.

El eclipse como motivo artístico y literario

Uno de los testimonios literarios más antiguos que se conservan es un poema del griego Arquíloco, del siglo VII a.C., que describe la repentina oscuridad de un eclipse solar como prueba de que ya nada en el mundo puede sorprender, ni siquiera que el Sol abandone su lugar en pleno día. Los astrónomos han usado ese poema para fechar con bastante seguridad el eclipse que lo inspiró: el del 6 de abril del año 648 a.C., una de las referencias cronológicas más antiguas de la historia griega que puede datarse gracias a un cálculo astronómico.

Siglos más tarde, William Shakespeare recurrió al eclipse como presagio de desorden en El rey Lear, cuando el personaje de Gloucester advierte de que «estos recientes eclipses de Sol y de Luna no auguran nada bueno», anticipando la tragedia que se avecina. La asociación entre eclipse y catástrofe era, para el público isabelino, un lenguaje compartido que no necesitaba explicación.

La literatura también ha jugado con el conocimiento astronómico como arma: en la novela de Mark Twain Un yanqui en la corte del rey Arturo (1889), el protagonista salva su vida amenazando con «apagar el Sol», apoyándose en que sabe de antemano la fecha de un eclipse próximo. Twain no inventó la idea de la nada: se inspiraba, de forma más o menos directa, en un episodio real de 1504, que se cuenta en el siguiente bloque.

Ya en el siglo XX, el pintor estadounidense Howard Russell Butler llevó la representación del eclipse a un terreno insólito: viajó a observar la totalidad en 1918, 1923 y 1925, y pintaba de memoria, inmediatamente después de cada eclipse, colaborando con astrónomos para que la forma de la corona solar en el lienzo fuera científicamente exacta. Sus grandes cuadros, hoy expuestos en instituciones científicas de Estados Unidos, siguen siendo una referencia de cómo el arte puede documentar con rigor algo que ninguna cámara de su época podía capturar bien.

Cómo interpretaban los eclipses las civilizaciones antiguas

En la antigua Babilonia, cuando los astrónomos-astrólogos de la corte predecían un eclipse que podía interpretarse como una amenaza directa contra el rey, se recurría a un ritual documentado en tablillas cuneiformes: el «rey sustituto» (šar pūhi). Se entronizaba temporalmente a otra persona —a menudo un prisionero o un plebeyo— para que asumiera simbólicamente el mal augurio en lugar del monarca legítimo, que se escondía durante ese tiempo. Pasado el peligro, normalmente unos cien días, el sustituto era ejecutado y el rey verdadero recuperaba su trono. Es uno de los ejemplos mejor documentados de hasta qué punto un eclipse podía movilizar el aparato entero de un Estado.

En China, donde se creía que el emperador gobernaba por un «mandato del Cielo», un eclipse no anticipado por los astrónomos de la corte se interpretaba como una reprimenda celestial hacia el gobernante, y podía obligar al emperador a hacer penitencia pública, revisar decisiones políticas o destituir a consejeros. La responsabilidad de predecir correctamente un eclipse no era, por tanto, un simple ejercicio académico: tenía consecuencias de Estado.

El conocimiento astronómico también se usó, alguna vez, como herramienta de persuasión frente a quienes desconocían su causa. En 1504, durante su cuarto viaje, Cristóbal Colón quedó varado en Jamaica con su tripulación y dependía de la buena voluntad de la población taína para conseguir alimento. Sabiendo, gracias a tablas astronómicas europeas, que se aproximaba un eclipse lunar total, advirtió a los taínos de que su dios retiraría la Luna del cielo si dejaban de abastecerle. Cuando la Luna se oscureció la noche del 29 de febrero de 1504, tal y como Colón había anunciado, obtuvo el suministro que necesitaba.

Más allá de cada episodio concreto, hay un patrón que se repite en casi todas las culturas antiguas: la respuesta casi universal a un eclipse era hacer ruido —tambores, gritos, golpear metales, disparar flechas al cielo— para espantar a lo que fuera que estuviese devorando al Sol o a la Luna. Y como la luz siempre regresaba, porque el eclipse termina por pura geometría y no por ninguna batalla celeste, el ritual parecía funcionar cada vez, lo que reforzaba la creencia generación tras generación.

Preguntas frecuentes

¿Por qué muchas culturas asociaban los eclipses con presagios?
Porque interrumpían, de golpe y sin aviso comprensible para quien no conocía su periodicidad, algo tan fiable como que el Sol brille de día o la Luna refleje su luz de noche. Sin un modelo astronómico que lo explicara, la única categoría disponible para encajar un suceso así era la de una señal: de guerra, de enfermedad, de cambio de gobernante o de castigo divino.
¿Qué civilizaciones dejaron registros artísticos de eclipses?
Los babilonios los anotaron en tablillas cuneiformes, los chinos en huesos oraculares y crónicas junto a la iconografía del dragón celeste, los mayas en tablas de eclipses como las del Códice de Dresde, y la tradición hindú los representó mitológicamente en la figura del demonio Rahu. Siglos después, la pintura occidental —con casos como el del estadounidense Howard Russell Butler— documentó eclipses reales con precisión científica.
¿Cómo ha influido el eclipse en el arte contemporáneo?
Sigue siendo motivo recurrente en fotografía, cine y literatura, casi siempre como metáfora de un cambio brusco o de una revelación. La fotografía de eclipses se ha convertido además en un género propio, con aficionados que viajan por el mundo —los llamados «umbraphiles»— para perseguir la sombra de la Luna, y muchos países han emitido sellos y monedas conmemorativas con motivo de eclipses visibles desde su territorio.